sábado, 10 de abril de 2010

Espárragos Blancos

Vueltas y más vueltas. Pasillos por un lado, pasillos por el otro. Música suave, actual. Temperatura agradable, calor si es invierno, fresquito si es verano. Suele haber silencio, sólo el ruido de los carros o de las peticiones en la carnicería o pescadería rompen ese silencio raro.
Estanterías llenas de productos de colores, envasados, etiquetados y con la correspondiente información al consumidor cada vez menos clara y en letra más pequeña. Siempre pienso lo mismo, ¿para qué leo esto si no entiendo lo que pone?.
Busco los espárragos blancos, doy vueltas por tres pasillos, los encuentro. Cojo una lata, una determinada marca, no conocida, la más barata. Doy vueltas a la lata en busca de la información al consumidor. El código de barras comienza por los números de procedencia del producto, en este caso español. Sigo leyendo, producto envasado en España, originario de China, ¿qué significa esto?, ¿es que en España no hay espárragos blancos?, si vienen de China, ¿cuanto tiempo hace que los han sacado de la tierra?. Dejo la lata en su sitio porque suena el teléfono, llevo tres días esperando una llamada importante.

- Si, digamé - el corazón comienza a latirme un poquito más rápido de lo habitual.
- ¿Señor Mariano López? - me dice una voz femenina al otro lado.
- Si, soy yo - digo, por no contestar, venga, suéltalo ya, llevo tres días esperando su llamada.
- Hola, soy Raquel, era para comunicarle que ha sido usted seleccionado para el puesto de trabajo, y que debe venir el lunes con DNI, número de la seguridad social y el número de cuenta donde domiciliaremos su nómina, le esperamos a las ocho, comienza ese mismo día.
- Si, si, pues allí estaré, el lunes a las ocho - me salen las palabras como sin querer.
- Muy bien, pues hasta el lunes entonces - cuelga.

Esto es lo que me hubiese encantado que pasara. Al final he llegado a casa sin la lata de espárragos blancos. He decido no comprar nada más.
He soltado las bolsas en la encimera. No me apetece sacar la compra, no me apetece colocar todo, no quiero hacer la comida. Me derrumbo en el sofá, procuro tranquilizarme, se que ya no me van a llamar, me deberían haber llamado ayer, una bajada más, llevo diez meses con mi ánimo en una montaña rusa.

Tengo que levantarme, hacer la comida, poner buena cara, mis hijas y mi esposa están por llegar, mañana lo intentaré de nuevo.

Graci R. R.

lunes, 5 de abril de 2010

UNA MONTURA EN LA AVENIDA

Una mujer pasea bajo la lluvia de la avenida de la Reconquista, pero llueve mucho y decide cubrirse bajo los árboles del Circo Romano. Los niños corren a sus casas, pero la mujer sigue paseando. La mujer tropieza, olvidando sus pensamientos, su desamor, ya que su marido se había divorciado de ella hace minutos, en el juzgado de la esquina. Y, tras dar un traspiés, cae en un charco, empapándose hasta los huesos. En ese momento observa algo brillante,como recubierto de oro, tapado por la arena mojada. La mujer, recuperando las fuerzas, se agacha y excava con sus manos, pero siempre alrededor de ese punto luminoso. Toca el metal, está frío, como su alma, y por fin se da cuenta de lo que puede ser: “¡La montura de oro!” Exclama la mujer.

Ella no sabe qué hacer, piensa en sacarla para entregarla a la policía, pero así sólo la harían la foto. También piensa en venderla en el mercado negro como la montura de un famoso emperador, pero el dinero no interesa. “¡Eureka, cómo sabía yo que algo interesante se me iba a ocurrir!”

La mujer tapa deprisa la montura y marcha a casa, y piensa en esa magnífica idea. En casa, las ventanas están mojadas, pero comienza a contar a su hijo adoptivo, antes de divorciarse de su marido: “Raúl, mira lo que pone aquí, dice que se sabe que en la zona del Circo Romano, según un texto descubierto en griego, se encuentra enterrada la montura del caballo más famoso que llevó una cuádriga. Además pone que según ese texto, el descubridor de ella podrá cumplir un deseo".
Raúl quedó sorprendido, pero la mujer le dijo que según ella había oído, está en el cuarto árbol del Circo Romano.

El niño despertó, ilusionado, sin acordarse de que no veía a papá desde hace unos días, y se marchó al cuarto árbol y, efectivamente, allí estaba la montura. Llovía una vez más, y el niño salió en todos los periódicos. Mientras, la madre quedó satisfecha al ver sonreir a su hijo. Porque, a pesar de todo, se puede sonreir bajo la adversidad. La mujer exclama: "¡Lo hice por verte sonreir!"

Agradecimientos a Ruth, por sus consejos.
Paco Roijalambre

martes, 30 de marzo de 2010

Cariño intimegiño

Todo el mundo debería vivir como él: en una casita, rodeado por los verdes campos gallegos, fuera de las influencias malignas hacia su familia, que él mantiene con toda su dedicación y cuidado; sin nadie que se entrometa en su intimidad ni que intente mancillar el cariño intimegiño que hay en su hogar. Eso piensa Ramón mientras conduce el coche hacia el interior de su garaje. Entra en casa y saluda. Todos contestan. Satisfecho, entra en la cocina.

Sin embargo, los platos están sin fregar y tampoco hay cena hecha. Ahí es donde entra él. Inspira hondo y se arremanga. Todo sea por su familia.

Desde fuera, nadie puede oír sus golpes y los gritos de su mujer.

La primera mañana después de mi muerte

La primera mañana después de mi muerte era otoño. Las nubes se arremolinaban sobre las lápidas como un fúnebre manto, y el viento agitaba las ramas de los árboles en una tormenta de sonido. Debajo de mi lápida, pequeños insectos se abrían paso a través de la húmeda tierra.

Sin embargo, yo no era consciente de lo que ocurría. Estaba en el interior de una estructura cerrada y oscura. Con esfuerzo, moví un brazo y rocé una superficie mullida. Me sentía a gusto. De repente, un grito rompió el silencio como un pistoletazo. Sentí miedo. Al seguirle otro me sentí deslizar lentamente por un angosto túnel…

Y entonces nací.

sábado, 13 de marzo de 2010

EL ALACRÁN

Cuando llegó a la orilla, olía a sal y a mañana. Estaba chorreando y tenía el cuerpo revuelto, pero había merecido la pena. Las gaviotas señoreaban en la playa, picando aquí y allá. Eso le hizo pensar en su bolsa, ¿dónde estaba? No quería que las gaviotas la destrozasen, en esa bolsa de basura guardaba sus más preciadas pertenencias. Había cargado con ella durante toda la travesía. La abrazó muy fuerte contra el ímpetu del mar, pero las últimas olas se la llevaron antes de alcanzar la arena.

Agudizó la vista y la descubrió semioculta entre un par de rocas. Poquito a poco, con el cuerpo dolorido, se levantó y se dirigió hacia ella para cogerla. Fue entonces cuando vio el alacrán. Aguardaba indefenso debajo de la bolsa de basura. Mierda. Sólo faltaba esto. Después de los vómitos y del frío, sólo faltaba que lo picase.

Cogió una piedra para matarlo. Mientras, escuchaba las olas. Cada vibración del mar le regalaba un recuerdo de lo vivido anoche. Esa ola traía el eterno desarraigo de Ahmed. Aquella llevaba la imagen de Amina cobijando un bebé del violento arrullo del mar. Pero aquello no importaba. El alacrán seguía ahí. De pronto el bicho atisbó el peligro y echó a correr para refugiarse en la bolsa de basura. En su bolsa de basura. Así que levantó la piedra y, con un gesto de asco, lo machacó. Y lo olvidó.

Después abrió la bolsa. Cogió la ropa que llevaba, se secó y se vistió, no sin antes revisar la carísima y diminuta cámara de video. Estaba seca, bien envuelta entre la funda y los innumerables plásticos acolchados. No había sufrido daño alguno. Más tarde les daría en los morros a esos memos comprometidos de la redacción. Podían seguir dedicando su tiempo a informar, a intentar comprenderlos, a ser su voz en tierra extraña... que siguieran así. Mientras, su reportaje sobre pateras sería un éxito.


Ruth Mª Rodríguez López, en Renacuajos, ranas y algún que otro príncipe azul. Editorial Grupo Búho. 2008