martes, 30 de marzo de 2010

Cariño intimegiño

Todo el mundo debería vivir como él: en una casita, rodeado por los verdes campos gallegos, fuera de las influencias malignas hacia su familia, que él mantiene con toda su dedicación y cuidado; sin nadie que se entrometa en su intimidad ni que intente mancillar el cariño intimegiño que hay en su hogar. Eso piensa Ramón mientras conduce el coche hacia el interior de su garaje. Entra en casa y saluda. Todos contestan. Satisfecho, entra en la cocina.

Sin embargo, los platos están sin fregar y tampoco hay cena hecha. Ahí es donde entra él. Inspira hondo y se arremanga. Todo sea por su familia.

Desde fuera, nadie puede oír sus golpes y los gritos de su mujer.

La primera mañana después de mi muerte

La primera mañana después de mi muerte era otoño. Las nubes se arremolinaban sobre las lápidas como un fúnebre manto, y el viento agitaba las ramas de los árboles en una tormenta de sonido. Debajo de mi lápida, pequeños insectos se abrían paso a través de la húmeda tierra.

Sin embargo, yo no era consciente de lo que ocurría. Estaba en el interior de una estructura cerrada y oscura. Con esfuerzo, moví un brazo y rocé una superficie mullida. Me sentía a gusto. De repente, un grito rompió el silencio como un pistoletazo. Sentí miedo. Al seguirle otro me sentí deslizar lentamente por un angosto túnel…

Y entonces nací.

sábado, 13 de marzo de 2010

EL ALACRÁN

Cuando llegó a la orilla, olía a sal y a mañana. Estaba chorreando y tenía el cuerpo revuelto, pero había merecido la pena. Las gaviotas señoreaban en la playa, picando aquí y allá. Eso le hizo pensar en su bolsa, ¿dónde estaba? No quería que las gaviotas la destrozasen, en esa bolsa de basura guardaba sus más preciadas pertenencias. Había cargado con ella durante toda la travesía. La abrazó muy fuerte contra el ímpetu del mar, pero las últimas olas se la llevaron antes de alcanzar la arena.

Agudizó la vista y la descubrió semioculta entre un par de rocas. Poquito a poco, con el cuerpo dolorido, se levantó y se dirigió hacia ella para cogerla. Fue entonces cuando vio el alacrán. Aguardaba indefenso debajo de la bolsa de basura. Mierda. Sólo faltaba esto. Después de los vómitos y del frío, sólo faltaba que lo picase.

Cogió una piedra para matarlo. Mientras, escuchaba las olas. Cada vibración del mar le regalaba un recuerdo de lo vivido anoche. Esa ola traía el eterno desarraigo de Ahmed. Aquella llevaba la imagen de Amina cobijando un bebé del violento arrullo del mar. Pero aquello no importaba. El alacrán seguía ahí. De pronto el bicho atisbó el peligro y echó a correr para refugiarse en la bolsa de basura. En su bolsa de basura. Así que levantó la piedra y, con un gesto de asco, lo machacó. Y lo olvidó.

Después abrió la bolsa. Cogió la ropa que llevaba, se secó y se vistió, no sin antes revisar la carísima y diminuta cámara de video. Estaba seca, bien envuelta entre la funda y los innumerables plásticos acolchados. No había sufrido daño alguno. Más tarde les daría en los morros a esos memos comprometidos de la redacción. Podían seguir dedicando su tiempo a informar, a intentar comprenderlos, a ser su voz en tierra extraña... que siguieran así. Mientras, su reportaje sobre pateras sería un éxito.


Ruth Mª Rodríguez López, en Renacuajos, ranas y algún que otro príncipe azul. Editorial Grupo Búho. 2008