La primera mañana después de mi muerte era otoño. Las nubes se arremolinaban sobre las lápidas como un fúnebre manto, y el viento agitaba las ramas de los árboles en una tormenta de sonido. Debajo de mi lápida, pequeños insectos se abrían paso a través de la húmeda tierra.
Sin embargo, yo no era consciente de lo que ocurría. Estaba en el interior de una estructura cerrada y oscura. Con esfuerzo, moví un brazo y rocé una superficie mullida. Me sentía a gusto. De repente, un grito rompió el silencio como un pistoletazo. Sentí miedo. Al seguirle otro me sentí deslizar lentamente por un angosto túnel…
Y entonces nací.
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